La corbeta Swift permanece desde hace tres siglos bajo el agua, pero un trabajo de veinte años permitió reconstruir parte de su trayectoria y las costumbres a bordo, además de una tarea científica que se puede leer en El Naufragio de la HMS Swift –1770–. Arqueología Marítima en la Patagonia (Vázquez Mazzini Editores), resultado del trabajo del equipo del Programa de Arqueología Subacuática del Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano  (Inapl) que dirige la doctora en Arqueología Dolores Elkin, investigadora del Conicet.

 

Piezas rescatadas de la corbeta Swift, prácticamente intactas pese al paso del tiempo. (Imagen: Gentileza Alejandro Guyot)

PIEZAS DE LA HISTORIA Un plato, un bol de porcelana o un porrón de madera son apenas algunas de las piezas que pueblan las vitrinas del museo, donde otras historias y testimonios suman 14.000 objetos, aunque sólo se muestren 4200 de distintas colecciones. Entre ellos está la minerva original de 1920 en la que el diario El Orden imprimió los primeros hechos de las huelgas luego conocidas como “la Patagonia rebelde”.

Para la directora de General de Museos y Patrimonio del Norte de Santa, Cruz, Rosa Aravales, lo que más sorprende a los visitantes es el estado de conservación de las piezas. En el proceso de laboratorio está una de las tareas de mayor compromiso para los expertos, que desarrollaron una técnica que utiliza 40.000 litros de agua destilada por año y ahora cuentan con una bomba de ósmosis con la que pueden convertir, es decir “fabricar”, el agua con que trabajan. “Mesas y muebles enteros están sumergidos en este líquido con químicos, dentro de piletones que permiten que las maderas no se desintegren, como en ‘la mesa libro’ que pertenecía al comedor de los oficiales”, señala Rosa a TurismoI12.

Además de los visitantes de distintos puntos del planeta, al museo lo visitan chicos de las escuelas y en su laboratorio se realiza un taller de conservación. “Es curioso –dice Rosa– que uno de los objetos mejor mantenidos sea la estufa de bronce del capitán, que está entera. También están enteros los vidrios de la ventana de su camarote y hasta se pudo advertir que un tripulante de una campaña anterior al naufragio rayó su nombre en uno de los vidrios”.

Son hermosas las teteras, cuencos y botellones; hubo hasta hallazgos de semillas de mostaza y granos de pimienta dentro de recipientes que permanecieron bajo el mar por casi tres siglos. Sogas, cabos, alguna hebilla , el especiero, platos de porcelana: cada elemento guarda su historia y al recorrer el museo, uno quisiera poder conocer los detalles de todos ellos.

Dolores Elkin toma registro bajo el agua del mar que ocultó durante siglos los restos del naufragio. (Imagen: Gentileza Uriel Sokolovicz)

VERDADES SUMERGIDAS Todo lo que concierne a la corbeta Swift tiene una historia atrapante. Dicen que un día de 1975, paradito mirando el mar en Puerto Deseado, estaba el australiano Patrick Gower, quien cruzó los mares hasta llegar aquí siguiendo el relato de su tatarabuelo, el oficial Erasmus Gower. Su antepasado le había dejado en un cofre una carta que llegó a sus manos como herencia. La abrió, la leyó y viajó a la Patagonia. La carta era un relato en primera persona de su tatarabuelo, que contaba cómo se hundió la nave en 1770, cuál era el sitio del siniestro y las vicisitudes que sufrió junto con la tripulación hasta que un pequeño grupo, en un bote a remo, llegó a las Islas Malvinas a pedir ayuda y así fueron rescatados.

Esta historia, y todo lo que vino después, está relatado en un video documental que a modo de bienvenida e introducción se muestra en el Museo antes de recorrer las instalaciones. Pero lo cierto es que Puerto Deseado está ligada desde un principio con historias de navegantes, corsarios, piratas y adelantados. Su nombre, incluso, es en referencia a la nave insignia Desire, comandada por Thomas Cavendish en 1585. Más tarde pasarían Hernando de Magallanes y Robert Fitz Roy con el buque Beagle, a bordo del cual se trasladaba el naturalista inglés Charles Darwin, quien acampó por aquí y cuenta detalles en su libro sobre la evolución de las especies.

Con este pasado a sus espaldas, alguien grabó lo que contó Gower en los 70 y años después lo relató a un grupo de alumnos en la escuela secundaria. Corría el verano de 1982 cuando los jóvenes, fascinados por el relato, bucearon y hallaron la corbeta Swift frente a las costas mismas de la ciudad. En una segunda etapa de intervenciones en los restos del naufragio, ya por los ‘90, uno de los integrantes del grupo buscó apoyo científico y contactó a Dolores Elkin, quien logró conformar el primer equipo interdisciplinario de la especialidad, única en el país y por cierto pionera en América del Sur: el Programa de Arqueología Subacuática del  Inapl, que depende del Ministerio de Cultura. Lo que fue una aventura en la historia se convirtió así en el único museo con reliquias de arqueología subacuática en su tipo en Sudamérica. Desde 1998, el trabajo que  realizó in situ el equipo de científicos, bajando en las aguas frías, con escasa visibilidad y gran marea, fue una experiencia única y una tarea titánica.

Elkin, quien también integra la comisión asesora de Patrimonio Subacuático de la Unesco, destacó en sus primeras entrevistas la sensación cuando, tras estudiar sobre la Swift, se sumergió en el océano para verla:  “Debido a que el agua es turbia, la sensación es de penumbra total y uno está bajando en la ría Deseado y la Swift aparece de golpe, no es que se la ve a metros de distancia, sino que la chocás cuando llegás. Es una imagen fantasmagórica, si tuviera que hacer una analogía me recordó a un esqueleto de un dinosaurio. Pero lo más intenso y al mismo tiempo lo más mágico es cuando apareció de golpe esa imagen, la primera impresión de la Swift”, dijo Elkin a esta cronista.

La forma de trabajo del equipo es tal se ve en películas y documentales de arqueología terrestre, con cuadrícula, pinceles y tarea de hormiga, con mucha paciencia pero bajo el agua, lo cual también impone un ritmo diferente dado que el clima, la marea y la visibilidad solo permiten que las tareas se desarrollen en verano (y no siempre).

En una ocasión, durante una travesía para avistar los pingüinos de penacho amarillo que recalan en el Parque Nacional Isla Pingüino, al iniciar la excursión vimos un pontón sobre el cual el grupo de expertos se ataviaba para descender los 18 metros y continuar con su tarea. Dicen que otra vez, cuando llegó un experimentado fotógrafo submarino norteamericano, buscaba el barco sobre el cual –suponía– trabajaban los arqueólogos, y al ver que se trataba de una plataforma flotante se sorprendió. Pero la tarea de todo el “equipo Swift” fue impecable y dio cuidados resultados. Sin embargo, de todas las experiencias que vivió este equipo la más fuerte fue cuando aparecieron los restos humanos. “Yo no lo esperaba, si bien había una probabilidad, pensaba que se los había llevado el mar. Sabemos que es una de dos personas posibles. Lo descubrieron Amaru Argüeso y Damián Vainstub, integrantes del equipo de arqueólogos subacuáticos que ese día estaban en el turno de sumergirse. Encontraron un zapato y advirtieron que dentro había restos del pie. Fue shockeante para todos”, dijo Elkin en una ocasión. Y ahí se decidió atrasar el trabajo de transmitir la información a las diferentes autoridades y tomar una decisión sobre el cuerpo que fue, finalmente, trasladado al cementerio británico en el barrio porteño de Chacarita.

Al fin y al cabo, concluye la experta, esta es también una búsqueda de tesoros. No los de las películas, ni los cofres de piratas: el tesoro del conocimiento que permite, gracias al trabajo científico, contar a la humanidad toda una historia que revela los secretos de tres siglos bajo el mar.