Seleccionar página

Francisco Ayarza Ordenes

Nacido en Valparaíso, vivió gran parte de su infancia en las salitreras. Luego de ingresar a Aduanas, solicita un traslado a Punta Arenas casi al final de la década del 40. Ya en Magallanes cimenta una destacada trayectoria profesional ligada al mar. Se ha dicho de él que fue el “primer arqueólogo submarino de Chile”

Por Mario Isidro Moreno

Domingo 25 de Junio del 2017

Actualmente Francisco Ayarza se encuentra recuperando de un problema de salud, pero siempre manejando sus actividades náuticas respaldado por su esposa Eliana, su hijo Rodrigo, su brazo derecho y Paula, su hija mayor. Foto José Villarroel G.

Por la costanera de Río de los Ciervos, en un entorno espectacular de árboles y césped se accede a una casa enclavada a orillas del estrecho de Magallanes y que al entrar en ella, se sueña con estar en el palacio de Neptuno.

Paredes y muebles exhiben reliquias y testimonios de la azarosa existencia oceánica de su propietario. Antiguas escafandras, piezas antiquísimas, algunas enmohecidas por la pátina del tiempo, forman un verdadero museo marítimo que su coleccionista ha logrado implementar fruto de su vida dedicada al mar.

Se trata de Francisco Segundo Ayarza Ordenes, hijo de Francisco Ayarza Gálvez, y de Berta  Ordenes.

Nació en Valparaíso el 30 de enero de 1933, viviendo gran parte de su infancia en las salitreras. Su padre, empleado la Compañía Salitrera de Tarapacá y Antofagasta, estaba encargado de la pulpería en la oficina de Santa Laura. Pero también vivieron en un grupo de salitreras como Peña Chica y Rica Aventura, correspondientes al Cantón Toco, ubicado a 60 kilómetros de Tocopilla.

Sus recuerdos de niño, los evoca así:

“Mis estudios los hice en el Internado Don Bosco de Iquique, entre los años 1941 y 1947, hasta que llegó el momento que las salitreras comenzaron a paralizar por la fabricación alemana del salitre sintético, de tal manera que mi padre se quedó sin trabajo y tuvimos que emigrar más al sur, pero por fortuna logró enrolarse en una oficina salitrera manejada por alemanes. Yo permanecí en el internado de Iquique y visitaba mi hogar para las vacaciones de invierno y verano. Los entretenimientos de los niños y jóvenes en la época estival de feriados, eran especialmente elevar volantines y salir a realizar excursiones a la pampa donde nuestra pasión era cazar lagartijas. También, concurríamos a un pequeño poblado, de nombre Quillagua que es indicado como el pueblo más seco del planeta. Lo habitan unas 150 personas y posee curiosamente, a pesar que no tiene agua, un diminuto oasis, del cual disfrutábamos en medio del desierto”.

“Cuando posteriormente nos instalamos en Coquimbo, mi padre se ocupó de la distribución de frutos del país llevando su mercadería a Valparaíso. Al permanecer en lugares cercanos al océano, noté que sentía una atracción especial por el mar, al contemplar desde el dormitorio del internado en Iquique el inmenso piélago que nos hacía dormir acunados por el sonido de las olas golpeando en las rocas”.

“Vivimos en Santiago e ingresé al Instituto Nacional y al egresar, mi intención era estudiar odontología, lo que no prosperó y ante un llamado que hacía la Superintendencia de Aduana de Valparaíso para un concurso para llenar unas vacantes, nos presentamos con un compañero de liceo, Noé Contreras, quedando ambos contratados”.

“Las oficinas se ubicaban a la entrada del muelle Arturo Prat y la sección donde yo trabajaba tenía una magnífica vista de la bahía de Valparaíso y de todo el movimiento característico del puerto. Todo eso, subliminalmente comenzó a influir en mí en cuanto a sentirme cada vez más cerca el mar”.

“Ingresé al Cuerpo de Voluntarios de los Botes Salvavidas de Valparaíso, una especie de Bomberos del Mar. Paralelamente formé parte del Club de Regatas, obteniendo el primer lugar en un campeonato, serie de cadetes, participando posteriormente en un evento nacional que se realizó en la laguna de San Pedro, en Concepción logrando el campeonato de Chile”.

En Punta Arenas hacia el fondo del mar

Como Ulises, atraído por el canto de las sirenas del mar austral, Francisco Ayarza enfila rumbo a Magallanes.

“En las artes del matrimonio, soy reincidente. Me casé a los 19 años, siendo funcionario de Aduanas. Solicité un traslado a Punta Arenas casi al final de la década del 40. Ya en Magallanes conocí a unos amigos que eran de Valdivia que practicaban el remo. Yo había ingresado al Club Olimpia, integrando el equipo de básquetbol y me entusiasmé con la idea de hacer regatas en esta ciudad y logramos crear una Asociación de Clubes de este deporte, con el Olimpia, el Sokol y otra institución. Las competencias se hacían en el sector del muelle Prat, que por su abrigo con el muro de hormigón permitía que esto se realizara sin ningún tipo de problemas”.

El escenario de la conversación cobra vida y, a espaldas del entrevistado, más allá de los sargazos, las toninas comienzan a realizar su función de piruetas quebrando la mansedumbre del mar, mientras un solitario barco que se divisa en lontananza le trae gratos recuerdos de aventuras pasadas.

“La idea de formar una empresa relacionada con el mar nació en Valparaíso, cuando en espera de ingresar a la Escuela de Vistas de Aduana, me acerqué al mar y comencé a bucear en forma deportiva, encontrándome con un dentista, gran buceador y amigo, Alfonso Navia, con el cual creamos una de las primeras Empresas de Trabajos Submarinos. Bautizamos a la Sociedad como Nautilus, porque soy un admirador de la obra de Julio Verne y por supuesto de su personaje el Capitán Nemo y su nave. Trabajamos en el tendido de cables submarinos por espacio de 10 años. Una de esas labores se desarrolló en el canal de Chacao”.

Ayarza efectuando trabajos submarinos en el canal de Chacao

“Mi primer matrimonio se deshizo y el 30 de julio de 1980, viajo a Punta Arenas con mi nueva esposa Eliana Hechtle, ya con esta empresa totalmente consolidada y con renombre a lo largo del país. Trabajamos igualmente para el proyecto Costa Afuera de Enap, inspeccionando la instalación de redes submarinas”.

“Tengo que agradecer a esta inclinación por el mar y por el” buceo por haberme inducido a realizar estas actividades, lo que me ha permitido recorrer todo Chile. Incluso hubo requerimientos para cumplir este tipo de labores en la isla de Pascua, al tratar de instalar el primer terminal petrolero que se hizo en Mina Pu. Paralelo a estas acciones, tuvimos la ocasión de participar en los primeros trabajos que se hicieron en la Antártica relacionados con la instalación de un oleoducto submarino”.

“Se hizo necesario contar con nuevas tecnologías y es así que adquirimos un robot que actuaba por primera vez en Chile para inspeccionar tuberías submarinas con este vehículo mediante control remoto y sirviendo de asistencia a los buzos de manera muy positiva”.

Las aventuras en el fondo del mar

Un completo archivo de recortes de publicaciones de medios informativos escritos, testimonian interesantes episodios de sus acciones viajeras en lo profundo del océano.

“Estando en Punta Arenas, me interesó la aventura de explorar restos náufragos. Uno de nuestros primeros hallazgos fue los restos de la corbeta inglesa Doterel, que el 26 de abril del año 1881 estando al ancla en la bahía de Punta Arenas tuvo un incendio a bordo, explotando la Santa Bárbara falleciendo 143 tripulantes salvando con vida sólo 12, entre ellos el capitán de la cañonera. Con los años este accidente tan dramático fue quedando en el olvido, pero en circunstancias que yo navegaba por el sector y habiendo despertado en mí el interés por localizar restos náufragos y apoyado en una obra muy completa que realiza Francisco Vidal Gormaz, hidrógrafo de la Armada, en la que describe los naufragios ocurridos en las costas de Chile, hice uso de un sistema de video sonda, encontrando este patético hallazgo y rescatando una serie de objetos interesantes que fueron donados al Instituto de la Patagonia, siendo catalogado el hecho por el Premio Nacional de Historia don Mateo Martinic Beros, como el primer intento de arqueología submarina en Chile”.

“Creo que otro de los más espectaculares descubrimientos fue encontrar los restos del crucero alemán Dresden frente a la isla de Juan Fernández. En tiempos de la Segunda Guerra Mundial fue perseguido incansablemente por la flota inglesa y luego de ocultarse en los canales magallánicos viajó por el Pacífico hacia el norte, y a la altura del puerto de Corral hundió a la barca inglesa Cornwall Castle, recogiendo a sus tripulantes, que fueron transferidos más tarde en Valparaíso a un barco de aprovisionamiento alemán. El Dresden, intentando aprovisionarse en la bahía de Cumberland fue sorprendido por los británicos y ante los primeros bombardeos británicos, su capitán ordenó desembarcar a su tripulación y hundir el buque”.

Visita a Juan Fernández con su esposa Eliana Hechtle en 1964.

“Realicé un viaje a Juan Fernández en el avión anfibio Catalina, piloteado por Roberto Parragué Singer y efectué una primera inmersión en Cumberland sin resultados positivos. En el mes de febrero del año 1960 organicé un segundo vuelo a la isla y en esa ocasión logro encontrar los restos del Dresden, gracias a los datos que me entrega el oficial civil de la isla, mi amigo Víctor Bravo Monroy. Uno de los tesoros recuperados fue el compás magistral del crucero que donamos al embajador de Alemania en Chile que lo envió para que fuera exhibido permanentemente en la Escuela Naval de Alemania en el Báltico”.

Francisco Ayarza se encuentra recuperando de un problema de salud que le comprometió el hipotálamo que lo mantiene “anclado” en tierra, por el momento, pero siempre manejando sus actividades náuticas respaldado por su esposa Eliana, su hijo Rodrigo, su brazo derecho y Paula, su hija mayor.