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Desde 2013 el yacimiento submarino Bou Ferrer de Villajoyosa, el mayor barco romano en excavación en el Mediterráneo, muestra sus secretos a través de inmersiones guiadas en verano y se ha convertido en un ejemplo único de turismo subacuático

3.000 ÁNFORAS SUMERGIDAS En grupos de 10, los buceadores acompañados por un arqueólogo descubren los restos del navío. :: Archivo Bou Ferrer

3.000 ÁNFORAS SUMERGIDAS En grupos de 10, los buceadores acompañados por un arqueólogo descubren los restos del navío.  Archivo Bou Ferrer

A mediados del siglo I d. C. un enorme navío de 30 metros de eslora y nueve de manga zarpó de algún puerto cercano a Gades (Cádiz) con destino en Roma. Transportaba cerca de 3.000 ánforas repletas de salsa de pescado (garum), una de las mercancías más valiosas de la época, así como una docena de lingotes de plomo procedentes de las minas de Sierra Morena con una contramarca que significa Emperador Germánico Augusto. Pero el barco mercante, construido probablemente en Nápoles, acabó encallando a unos escasos mil metros de las costas de la antigua Allon (Villajoyosa) donde ha permanecido casi imperturbable desde entonces.

Descubierto en 1999 por los buceadores José Bou y Antonio Ferrer a 25 metros de profundidad, se trata del mayor barco romano en excavación del mar Mediterráneo. Desde 2013 es posible contemplarlo en vivo gracias a un proyecto pionero en España de turismo subacuático. Aquel año se inició una experiencia piloto que concluyó con éxito y el año pasado arrancaron las visitas subacuáticas guiadas al pecio que se completan con un recorrido museístico previo que permite incluso tocar algunas de las piezas halladas en la embarcación.

Considerado una iniciativa única dentro del turismo de experiencias, esta tercera campaña arrancó el pasado fin de semana. En total, se realizarán dos inmersiones previa reserva cada fin de semana en los meses de junio, julio y agosto. Las visitas, una por la mañana y otra por la tarde, permiten que vayan 10 buceadores acompañados por un arqueólogo subacuático del proyecto científico Bou-Ferrer. Mientras en las inmersiones de junio acuden sobre todo buceadores valencianos, las que se programan en julio y agosto ya cuentan con personas procedentes de toda España, sobre todo del centro. Muchos repiten.

Pero estas inmersiones se completan con una visita previa al Taller Bou Ferrer, en el Vilamuseu. Un recorrido privilegiado dirigido por arqueólogos y restauradores del proyecto, en el que explican cómo se investigan, desalan y restauran las piezas que se extraen de las excavaciones. La visita permite incluso tocar las ánforas y otras piezas halladas en el pecio, y comprender, por ejemplo, de dónde venía la nave, a dónde iba, por qué se hundió frente a Villajoyosa, qué contenían sus ánforas, el porqué de la forma que tienen, por qué el Bou Ferrer es un yacimiento tan importante o qué pueden ellos hacer para ayudar a la conservación de este patrimonio.

El pecio de Bou Ferrer es excepcional por varios motivos. Primero por integrarse en un proyecto pionero en España de visitas a un pecio antiguo y después por su magnífico estado de conservación con una profundidad asequible para los buceadores. Declarado Bien de Interés Cultural (BIC) el proyecto de investigación está promovido y financiado por la Generalitat, la Universidad de Alicante, el Ayuntamiento de Villajoyosa y el Club Náutico de esta localidad. La empresa de buceo local Ali-Sub organiza en 2015 la logística de las inmersiones y aporta la infraestructura propia de sus instalaciones. Un auténtico trabajo en equipo.

Las aguas frente a las costas valencianas esconden muchos otros pecios (no todos de la envergadura e importancia histórica del Bou Ferrer) que también despiertan interés. Como el del Litri en Burriana, donde el centro de buceo Grao Sub lleva una década organizando inmersiones turísticas diarias en julio y agosto a las que acuden tanto valencianos, como del resto de España y extranjeros que veranean en el litoral castellonense. Desde el centro de buceo reclaman, además, que cambie la legislación para que se permitan hundir barcos que luego sean un atractivo para los buceadores, tal y como ocurre en otros países como Portugal. Aseguran que potenciaría un turismo subacuático de calidad y que crearía puestos de trabajo.

El mar emana una fuerte atracción para los ‘visitatesoros’. Como la historia del hundimiento de la fragata Guadalupe en las costas de Dénia en 1799, un acontecimiento que marca el devenir de la historia de la ciudad. Con motivo del 216 aniversario de este naufragio, se han programado una serie de actividades como unas visitas guiadas el próximo fin de semana con un guía experto desde tierra a la zona del hundimiento de la fragata. «Tras los actos realizados en marzo y mayo, se han programado otros en junio y octubre que también incluyen la visita donde ocurrió el hundimiento de la fragata de la Armada del rey Carlos IV. Durante la misma se localizan los lugares o referentes topográficos donde ocurrió la tragedia», explica el director del Museo Arqueológico y del Museo Etnológico de Dénia, Josep Gisbert. Todo ello acompañado de la lectura de textos de testimonios que vivieron la catástrofe.

Huyendo de dos navíos ingleses

La madrugada del 16 de marzo de 1799 fue una noche fatídica en Dénia. La fragata Guadalupe, construida en los astilleros de La Habana, se refugió en las aguas de Les Rotes huyendo de dos navíos ingleses que le superaban en artillería. Pero a las cuatro de la madrugada el buque encalló en la Punta del Sard. Un fuerte temporal de Levante destrozó el barco en tres fragmentos frente a la una costa en ocasiones traicionera para los marineros. Un total de 147 hombres, un tercio de los que iban a bordo de la Guadalupe, perdieron la vida ante la horror de la población dianense, que socorrió con comida, ropa y mantas a aquellos que lograron sobrevivir. En las casas particulares les ofrecieron caldos. Varios lugareños se lanzaron en barcas a intentar ayudar a las víctimas.

La tragedia tuvo que ver en varios hitos de la historia decimonónica de Dénia. La catástrofe generó, aun en tiempos de Carlos IV, la temprana incorporación de la ciudad a la Corona en enero de 1804. Además, fue un referente que se utilizó para justificar ante las Cortes y la Corona la necesidad que la localidad contase con un puerto construido, que sería una realidad a finales del siglo XIX.

Dos siglos después del naufragio, en 1988 y 1999, un equipo vinculado al Museo Arqueológico de Dénia localizó los restos de la fragata, tras prospectar un área de más de 8.000 metros cuadrados. De entre los hallazgos de la campaña de prospección subacuática en el lugar del hundimiento de la fragata la Guadalupe, destacan 20 monedas, 19 de ellas de plata y una de oro, acuñadas mayoritariamente por los reyes Carlos IV y Carlos III. Las actividades de investigación y de difusión se han sucedido desde finales de los 80 hasta la actualidad. Ahora, la conmemoración de este terrible suceso sirve para acercar a locales y turistas un hecho clave en la historia de la capital de la Marina Alta.

 

Fuente.: http://www.lasprovincias.es/sociedad/201506/13/tesoros-bajo-primer-pecio-20150613003255-v.html