Seleccionar página

Pilar Luna fue pionera de la arqueología submarina. Toda su vida ha buceado buscando tesoros, y ha luchado en tierra contra quienes negocian con este legado de la humanidad


 

Esta mujer con aire de Miss Marple, la criatura de Agatha Christie que disimulaba su sagacidad tras una taza de té, ha tenido la vida de Indiana Jones. Las apariencias engañan. Eso incluye asomarse a un dedo de la muerte en más de una ocasión. Y no con enfermedades que podrían atacar a cualquiera, sino con raras patologías laborales como la maldición de los faraones (en literatura científica: histoplasmosis pulmonar causada por la inhalación de esporas de hongos depositados en los excrementos de murciélagos), bautizada así tras las angustiosas muertes por asfixia de los primeros aventureros que se adentraron en las pirámides de Egipto. Nada más lógico que atribuir los decesos a una venganza de momias irritadas por la perturbación de su eternidad.

A Pilar Luna le asaltó en Acapulco, mientras investigaba un chultún, una horadación en roca que hacían los mayas para almacenar agua y grano. En 13 días perdió 18 kilos. Le concedieron 12 horas de vida. “Fue una experiencia tremenda acercarte a la muerte. La recuperación fue muy lenta, hacía 12 comidas al día de polvos. Me dijeron que no podría volver a bucear ni nadar”. Y eso sí que era digno de una maldición: la peor condena para alguien como Pilar Luna, que adoró el mar desde que nació, que fue profesora de natación durante 12 años y que, para más ataduras, decidió consagrar su vida a la investigación del pasado escondido en el fondo de mares, océanos y lagunas. ¿Qué futuro le aguarda a una arqueóloga subacuática que no puede bucear? “Hablé con el médico y me dijo que si era capaz de volver a nadar mil metros, no sería él quien me impediría bucear. Y así fue como empecé a nadar de nuevo. El primer día hice diez metros y me ahogaba, pero cada día hacía cinco metros más hasta llegar a los mil, luego a los dos mil y a los tres mil”.

Y ahí, en esa perseverancia a prueba de maldiciones, radica la quintaesencia de Pilar Luna Erreguerena (Tampico, México, 1944), coordinadora del área de Arqueología subacuática del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) de México, descendiente de emigrantes navarros y castellanos, que un buen día rompió con el corsé familiar (las mujeres se casan y tienen hijos) y otro día aún mejor descubrió que su misión en la vida sería conocer, proteger y difundir el patrimonio cultural sumergido. A toda costa. Pasara lo que pasara. Ofertas de soborno o amenazas de muerte. Algunos cazatesoros han explorado el alma de Pilar Luna desde todos los frentes posibles –el del dinero, el del miedo– hasta convencerse de que la arqueóloga era un dique firme que no podrían dinamitar. “Han intentado sobornarme y cuando no les ha dado resultado me han amenazado de muerte”, confiesa hacia el final de la entrevista. Lo desvela con la misma ternura que emplea para hablar de las cosas buenas que le han pasado, empezando por su estancia en Roma en un colegio religioso internacional con chicas de 13 países. “Aprendí que lo que te han enseñado no es lo único que hay ni la única manera de vivir”.

Luna, en 1983, con uno de los instrumentos de medición que utiliza para acotar las zonas de búsqueda de sus tesoros.

En Roma se embebió de tolerancia. En México, en una atmósfera de emigrantes venidos a más a fuerza de trabajo, de solidez. “Mi padre vino de Sahagún de Campos alrededor de 1915 a hacer las Américas. Empezó durmiendo en el mostrador de una tienda, luego en una joyería y acabó siendo el dueño. Fue comerciante porque la vida lo puso ahí, pero leyó mucho, se cultivó y escribió dos libros al final de su vida. Si hubiera podido estudiar, habría hecho humanidades”, recuerda. Una historia semejante a la de su abuelo materno, natural de Eraso, que acabó comprando el negocio en el que empezó barriendo. “Llegó a México en la clase tercera de tercera y dijo que no volvería a España si no era en primera. Y así lo hizo”.

Con aquella firmeza del abuelo navarro, Pilar Luna, la menor de cinco hermanos, proclamó un día de los sesenta que aspiraba a trabajar. “Fue una ruptura de muchas estructuras, pero de manera suave. Mi familia era conservadora, tradicional, con principios morales altos y a veces rígidos. No se estilaba que la mujer estudiara, pero desde muy adolescente me di cuenta de que no quería casarme. Dios me regaló mi vocación de manera clara, o fue la vida la que me hizo ver la pregunta de oro”, evoca a su paso por Madrid para dar una conferencia, invitada por la Sociedad Geográfica Española y laFundación Ramón Areces.

Luna estrenó su vida profesional como secretaria en una empresa familiar y más tarde como profesora en un centro deportivo. “Durante 12 años di clase de natación a niños con síndrome de Down, otra experiencia maravillosa de mi vida. Yo aprendí mucho más que ellos. No tienen caretas y te tratan con una veracidad impresionante”. A los 27, mientras seguía como monitora, se matriculó en Antropología para ayudar a grupos marginados hasta que un día, mientras se hablaba en el aula de la presa de Asuán, que amenazó con sepultar bajo el agua los templos de Abu Simbel en Egipto (una operación internacional permitió rescatarlos y reconstruirlos en otro emplazamiento), se suscitó la pregunta de oro: “¿Qué pasa con el patrimonio sumergido?”.

Pilar Luna ha sido una de las pioneras en la defensa y estudio del patrimonio cultural sumergido bajo las aguas. / BERNARDO PÉREZ

En la biblioteca descubrió una obra de George F. Bass, el estadounidense considerado el padre de la arqueología subacuática, que le abrió las compuertas a un mundo inexplorado. Casi nadie le echaba cuentas a las aguas, ni en México ni en ninguna otra parte, con la excepción de Bass, que en 1962 había cimentado la disciplina como un saber científico. “La arqueología es una, la practiques donde la practiques tiene la misma finalidad: la comprensión de las culturas de las sociedades que nos antecedieron a través de los restos arqueológicos que han permanecido en la tierra o bajo el agua. Aunque para trabajar bajo el agua se requiere una capacitación física y mental, una estabilidad que te permita entender que el propósito de tu inmersión no es el buceo. El buceo es la herramienta que te permite hacer el trabajo arqueológico”.

Centenares de inmersiones, aventuras (en el Estado de Quintana Roo excavó custodiada por militares para evitar un linchamiento de la población local), frustraciones y logros después, Luna se ha convertido en una referencia internacional en la defensa de la historia submarina. En 2011 recibió lo que ningún latino había conseguido hasta entonces (y solo cuatro mujeres en todo el mundo): la medalla Harrington de la Sociedad de Arqueología Histórica de Estados Unidos, equiparándola así a su admirado Bass, premiado en 1999, y con el que trabajó en Marmaris (Turquía) en los setenta, poco después de que ambos se conocieran. Luna le había escrito “desde el corazón, como creo que deben hacerse las cosas” para pedirle ayuda para poner en pie una unidad de arqueología subacuática en México. Bass se prestó encantado, compartió su conocimiento con sus discípulos mexicanos y, al final de su estancia, invitó a Pilar a sumarse a su investigación de pecios de barcos bizantinos y helénicos en Turquía.

Hacer ciencia o hacer caja. “Tú no puedes negociar con Patrimonio de la Humanidad”, afirma Pilar Luna

Era inevitable, pues, que la mexicana participase en la negociación de la Unesco para redactar la convención internacional que protege el patrimonio bajo el agua. Claro que también lo hizo Greg Stemm, propietario de la empresa estadounidense Odyssey, como miembro de la delegación de Estados Unidos, que en un alarde de suma inocencia o de infinita hipocresía envió a representantes de cazatesoros a pactar la norma internacional que debía poner coto a los expolios marinos. “Yo los respeto porque son muy inteligentes. Greg es muy inteligente. Pero la vida nos puso en bordes distintos y yo creo que estoy en el correcto porque no lo hago por mí ni para mí, sino para conseguir información científica de quienes vivieron en el pasado”. Hacer ciencia o hacer caja. Un dilema sencillo no siempre vislumbrado con claridad. Todavía hay Gobiernos dispuestos a ceder a compañías de cazatesoros el liderazgo de la exploración y parte del patrimonio encontrado. “En el caso de la arqueología terrestre es evidente el valor de los vestigios; puede haber saqueos, pero no hay expolios consentidos. Nadie se atrevería a presentar un proyecto de explotación en un sitio histórico como Teotihuacán a cambio de un porcentaje. Sería insólito. ¿Por qué? Porque hay conciencia. ¿Por qué tiene que ser distinto en el caso subacuático? Tú no puedes negociar con patrimonio de la humanidad”, defiende.

La arqueóloga es una de las impulsoras del acuerdo de colaboración firmado este año entre México y España para investigar el patrimonio subacuático común. Es la primera vez que dos Estados se alían en esta materia. Luna considera que es un paso de gigante: “Seamos un ejemplo para el mundo de que pueden trabajar de la mano un país que fue colonizador y otro que fue colonizado”. El efecto más inmediato será la búsqueda conjunta en 2015 de los restos del Juncal, hundido en 1631 con más de trescientas personas y una valiosa carga de plata, metales preciosos, chocolate, sedas y tintes, acaso el mayor desafío que Luna ha afrontado en su trayectoria. “Encontrarlo sería una cerecita del pastel muy grata, pero no sería lo más importante porque lo que yo he estado haciendo toda mi vida es el pastel”. El equipo de Luna ha delimitado un área de 1.500 kilómetros cuadrados en el golfo de México, donde han ubicado el naufragio a partir de un modelo matemático que fusiona información histórica con las corrientes marinas y la meteorología de aquellos días del otoño de 1631.

El Juncal se cruzó en su vida en 1978, de la mano de un cazatesoros llamado Norman Scott. Luna, apoyada en la Sociedad de Arqueología Histórica de EE UU a la que pidió ayuda, le cerró el camino a la exploración. “Ellos quieren repartición porcentual de lo que encuentran, yo le dije al director general que no se podía autorizar”. Así que, en 1980, nadie dudó de que fuera la persona idónea para dirigir el área recién creada de arqueología subacuática.

Ahora, con 70 años recién cumplidos y debilitadas condiciones de salud legadas por aquella maldición faraónica, con un pasado de tozudas batallas contra cazatesoros activos y Gobiernos pasivos, siente que va ganando la guerra. “En los setenta no había ni dinero ni interés ni conciencia ni nada. Desde 2009 está en vigor la convención de la Unesco para proteger el patrimonio subacuático. El caso de La Mercedes fue un parteaguas, que dejó claro que no se puede negociar con buscadores de tesoros. Va a hacer que cambien rumbo. Ya no les conviene”. En Madrid, Luna visitó por segunda vez la exposición sobre aquella fragata hundida en 1804 por un barco inglés con más de trescientas personas y 900.000 pesos de plata, donde se muestran el contexto histórico del naufragio, la batalla contemporánea entre el Estado español y Odyssey y la interpretación científica de las ambicionadas monedas. Plata del XIX que dejó de ser dinero en el XXI. Cultura material. Un tesoro… para la ciencia. “No estudias objetos o barcos, sino personas que trabajaron en esas naves, además de perder la vida en ellos”.

En estos años muchos arqueólogos se han sumado a la causa del patrimonio marino. Pilar Luna ya no es un verso suelto. Nada que ver con su estreno en 1979, cuando dirigió su primera expedición para localizar cañones de bronce del XVI a bordo de un dragaminas de la Armada mexicana. Tuvo que emplear tanta energía en la investigación como en las relaciones personales. Ni el capitán ni los tripulantes aceptaban de buen grado el mando de aquella mujer joven. No cejó. Tiene una máxima: “El que no se avienta, no cruza la mar”.

Fuente: http://elpais.com/elpais/2014/11/27/eps/1417100066_350553.html