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El arqueólogo submarino Juan Pinedo vivió cinco veranos sumergido a 22 metros frente a La Manga descifrando un naufragio de hace 3.000 años. «No aprendemos», asume
El arqueólogo submarino Juan Pinedo, explorando los fondos marinos del yacimiento del Bajo de la Campana, en La Manga. / LV

El arqueólogo submarino Juan Pinedo, explorando los fondos marinos del yacimiento del Bajo de la Campana, en La Manga. / LV

Al comandante Cousteau le cuelga, allá en su eternidad de abismos con aletas, el peso de haber desviado para siempre la vida de Juan Pinedo al fondo del mar. Él, un chico madrileño del castizo barrio de Tetuán del que conserva el deje, se enchufaba absorto a los documentales del ‘Capitán Planeta’, y ya no vio más horizonte que el del continente azul. Desde entonces lleva «30 años buceando… y fumando, pero estoy bien», confiesa mientras reparte sobre el papel las trazas secas del tabaco y lía un cigarro imperfecto, como un ritual de conversador nato. Atrapar fuera del agua a este arqueólogo especializado en los remotos fenicios, es como frotar la lámpara del genio para que aparezca entre humos de colores -ahora sería en holograma pixelado- todo un pasado insondable, la máquina del tiempo de Wells, las piezas perdidas de la Historia. Le miras a los ojos y quieres ver los 55 colmillos de marfil que extrajo frente a Isla Grosa del yacimiento del Bajo de la Campana, una trampa natural -aún hoy- para los navegantes confiados, que no sospechan que bajo su casco emerge una roca saliente desde una profundidad de 24 metros hasta casi la superficie, como aún solo pocos imaginan que frente a la superficie de cemento, kebabs y carros de supermercado de La Manga se ocultan, mudos en el fondo del Mediterráneo, «más de 23 yacimientos submarinos conocidos», revela el historiador.

«En tiempos hubo una campana amarrada a una boya para alertar a los barcos de la peligrosidad de esta zona, que acumula varios naufragios», explica Pinedo.

Estaría dispuesto a remover los fondos del Mar Menor en busca de «todos los yacimientos que esconde, porque en aquellas épocas remotas todos entraban atraídos por sus aguas tranquilas».

Antes de tirarse al agua para cada excavación, bucea en documentos, legajos y sondeos previos sobre rutas ancestrales y vientos que cambian la historia, como el que arrastró al barco fenicio en el siglo VII antes de Cristo a esta jugarreta de la naturaleza. Ha esperado casi tres mil años a que Juan Pinedo se empeñara en descifrar el enigma del pecio fenicio:

«Encontramos las defensas de elefante africano, seis de ellas con inscripciones del alfabeto fenicio, que se suman a las que extrajo de allí Julio Mas en los años setenta, y además una cama de bronce, ungüentarios, 10 piedras de ámbar del Báltico, cuchillos con mango de marfil y un pedestal para ritos religiosos, tal vez a Isis».

Del millón de preguntas que desencadena cada objeto, solo algunas tienen respuesta. «Un barco hundido es el instante congelado. Sabemos que estaban comiendo piñones cuando naufragaron», explica el arqueólogo.

Cinco veranos, entre 2007 y 2011, sumergido a 22 metros de profundidad en turnos de dos inmersiones diarias, pueden saber a poco si el pasado te llama desde las profundidades. «No puedes pensar en otra cosa. Es muy intenso», cuenta Pinedo de los días en que hasta los salmonetes lo incordiaban. «Bajo el agua te sientes observado por cientos de seres, pero es que ellos te rodean y picotean la estratografía que hacemos para estudiar el paso del tiempo en los suelos», se muestra inflexible con los enredadores de color rosa. No puede enfadarse con ellos. Igual que no sirve de nada encorajinarse contra la desidia pública ante el patrimonio español. Menos mal que estaba ahí la Universidad de Tejas -sí, los del petróleo y las botas de punta- para financiar la campaña arqueológica que dará lugar a una exposición única en el Museo de Arqueología Subacuática de Cartagena, pero sobre todo, menos mal que en su tele un buen día apareció la sonrisa quijotesca de Cousteau: «No creas, cuando en invierno tengo que ponerme el neopreno para bajar al agua, me acuerdo de Cousteau y del maravilloso mundo submarino».

Fuente: http://www.laverdad.es/verano/reportajes/201607/18/planos-mojados-tesoro-20160718003218-v.html

26 julio 2016